martes, 10 de diciembre de 2024

GÉNESIS PARTE 185

MONTE MORIAH Sacrificio de Isaac: imagen del sacrificio de Cristo “Por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac; y el que había recibido las promesas ofrecía su unigénito” (Hebreos 11:17). Solamente cuando marchamos por la fe podemos empezar, continuar y acabar nuestras obras en Dios. Abraham no sólo se puso en camino para sacrificar a su hijo, sino que prosiguió adelante hasta el lugar que Dios le había señalado. “Y tomó Abraham la leña del holocausto, y la puso sobre Isaac su hijo; y él tomó en su mano el fuego y el cuchillo; y fueron ambos juntos”; y más adelante leemos: “Edificó allí Abraham un altar, y compuso la leña, y ató a Isaac su hijo, y lo puso en el altar sobre la leña. Y extendió Abraham su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo” (v. 6-10). En esto hubo un acto positivo, “obra de... fe” y “trabajo de... amor” (1 Tesalonicenses 1:3), en el sentido más elevado, y no solamente como vana apariencia. Abraham no se acercó a Dios de labios, con el corazón alejado de él. No dijo: “Sí, Señor, voy”, y dejó de ir. Todo era profunda realidad, una de esas realidades que a la fe le place producir y que a Dios le place recibir. Es fácil hacer alarde de abnegación cuando no se pide manifestación positiva de la misma. Es fácil decir: “Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré... Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré” (Mateo 26:33, 35), sino que se trata de obrar y no de hablar de permanecer firme y soportar la prueba. Cuando Pedro fue puesto a prueba, quedó aplastado. La fe nunca alardea de lo que quiere hacer, sino que hace lo que puede mediante la potencia del Señor. Nada es más despreciable que el orgullo y las pretensiones; éstas son tan miserables como la base sobre la que descansan; pero la fe obra cuando se halla puesta a prueba, y hasta ese momento se contenta con vivir en el silencio y en la obscuridad. Así que Dios queda glorificado por esta santa actividad de la fe, siendo Dios el objeto de la misma, como también la fuente de donde ella emana. De todos los acontecimientos de la vida de Abraham, no hay ninguno por el cual Dios sea tan glorificado como lo fue por la escena del monte Moriah. Allí pudo Abraham rendir testimonio de que “todas sus fuentes” estaban en Jehová, que allí las había encontrado, no sólo antes sino también después del nacimiento de Isaac. Continuará...

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